Hoy todas estamos un paso más cerca de volver

por | Ago 18, 2026 | Nuestras voces

Presentamos desde Casa Centroamérica el informe de la verdad sobre los exilios guatemaltecos. Fue más que un acto protocolario, fue el reconocimiento de la verdad de quien ha sufrido todo y más; y fue también la esperanza de esos que aún no podemos volver a nuestros países

¿Qué se siente volver?, pregunté insistentemente a cada guatemalteca y guatemalteco a quienes abracé como quien busca una respuesta sobre su propia vida. Les vi a los ojos y pude apreciar un pedazo de mi futuro: el día que me toque volver a Nicaragua. Estaban rodeados de sus familias, reconociendo voces que hace años no les hablaban a la cara, abrazando las dualidades de lo que implica volver, después de años sin poder hacerlo, al país que les expulsó. Les vi felices, sonrientes, triunfantes en ese Salón Banderas del Palacio Nacional de Guatemala, donde presentamos el informe que contiene la verdad, sus verdades, sobre lo que ha sido el exilio guatemalteco en los últimos 10 años.

Les vi, además, mientras yo me aferraba a mi propio futuro y al de mis amigas y amigos nicaragüenses que no sabemos cuándo se nos abrirán las puertas de nuestro Palacio, pero quienes tenemos la certeza de que pasará.

El viernes 14 de agosto, en ese salón icónico que ha acogido tantos acontecimientos relevantes, el presidente de Guatemala, Bernardo Arévalo, recibió el informe La verdad del exilio. Ética, criminalización y lucha por la justicia en Guatemala (2014-2025), un documento que fue el resultado de varias voluntades, incluida la de las personas exiliadas que querían contar sus propias historias. Ese día se materializó la implacable terquedad de quienes fueron echados de esa Guatemala injusta, donde el pacto de corruptos intentó deshacerse de esos incómodos que lucha(ba)n por la justicia, por la democracia, por la tierra, por la universidad pública, por contar historias relevantes.

Ahí, rodeados de la valentía que trae el haberlo perdido todo y seguir insistiendo una y otra y otra vez, las y los guatemaltecos que han podido retornar a su país representaban también a una región que cada día sigue expulsando a más personas. Nos representaban a los nicaragüenses que tenemos ocho años hundidos en una crisis que ha dejado a miles de familias rotas por la muerte, la cárcel, el exilio, el destierro y un largo y doloroso etcétera. Representaban a los compañeros salvadoreños que sostienen desde el exilio la incansable lucha contra un autoritario cuya popularidad ensombrece las atrocidades que su régimen comete.

Falta mucho para que las condiciones de todas las personas guatemaltecas sean las mismas y puedan regresar de forma segura. En el acto, de hecho, había conectadas varias personas por un frío y a la vez cálido zoom, estaban presentes sin poder estarlo. Escuchaban atentamente, alzaban la mano para saludar a sus familiares que participaron en el acto, a sus colegas. Quienes estaban en el salón enviaban besos, lágrimas y deseos de reencuentro. Fue, creo, de  las escenas más hermosas y profundamente dolorosas de la jornada.

Sin embargo, fue un momento para apreciar que de la grieta en el pavimento empieza a nacer una flor que hay que proteger, regar y cuidar. Y es precisamente lo que busca La verdad del exilio, exigir a las autoridades, al presidente, el Ministerio Público, a que actúen consecuentemente y que se comprometan a establecer pasos concretos para que quienes quieran volver tengan las garantías necesarias y para que se den los pasos necesarios para la reparación. Es responsabilidad del gobierno actual, en el cual depositamos –no solo los guatemaltecos– las esperanzas de que Centroamérica fuera un poco menos hostil y conservar un atisbo de esperanza para el resto de países gobernados por dictaduras.

Cuando hablé con algunas personas que lograron llegar a Guatemala después de años, todas coincidían en algo conmovedor: estamos aquí no porque nos quieran, sino porque nos empecinamos en empujar la vida y no soltar ni un centímetro. El informe de la verdad es también eso, una muestra más del poder colectivo, de los anhelos compartidos y las esperanzas movilizadoras de una comunidad que es imparable, pese a todo.

Pero también leí y escuché a mis amigas y amigos nicaragüenses, quienes hicieron suyo el momento y hablaban de la alegría profunda al verlo a la distancia, del optimismo que mueve voluntades, de los aprendizajes para nuestro propio camino. Nos motiva ver que esas personas con quienes hemos caminado sobre el dolor, en las alegrías, en las nostalgias y en la edificación de futuros, están transformando sus realidades y empujando la puerta para poder entrar a ese lugar donde les había sido prohibido. Nos repetimos consistentemente, cual promesa que guarda el tiempo detenido, que todas, todos, estamos un poco más cerca de volver.

Me quedo con ese comentario, a modo de pacto colectivo, que me hicieron varios guatemaltecos con el centro de la ciudad de testigo y en el día donde se colocó una piedra más en el largo camino del retorno: cuando a ustedes les toque, ahí estaremos nosotros.

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