“Aquí mataron gente por sacar la bandera
Por eso es que ahora yo la llevo donde quiera, cabrón, ¿qué fue? (Ja)”
Por Madelaine Caracas*
El Super Bowl —el evento deportivo estadounidense más televisado mundialmente— terminó y las redes sociales en Latinoamérica y el mundo siguen inundadas de videos, fotos, memes y contenido del show de medio tiempo de Bad Bunny. La conversación, llena de alegría y gozo, gira alrededor del orgullo latinoamericano. Todo esto en un contexto donde el presidente de Estados Unidos y su administración han sentado las bases del terror y el dolor en el país, donde los latinos y migrantes, en su mayoría no blancos, son cazados por ICE, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas. El país atraviesa un momento crucial. Incluso ciudadanos que han plantado cara a la injusticia a través de protestas en ciudades que han dicho “ICE fuera” han sido asesinados a plena luz del día.
En medio de esto, las personas más críticas señalan que no debemos dejar por alto que ese escenario, el del medio tiempo, sigue siendo un símbolo capitalista de las elites, del racismo. Y que enaltecer lo que culturalmente se haga desde ese escenario corresponde a un guión preestablecido para mantener el pan y circo, mientras las prácticas colonialistas e imperialistas avanzan.
Entiendo esto. Entiendo que es necesario reflexionar y cuestionarnos todo, pero no podemos permitirnos quedarnos en las nubes del intelectualismo y la pureza ideológica sin mirar a nuestro alrededor. Te guste o no la música de Bad Bunny, a nivel conceptual y performativo significó un impacto enorme que incomodó al poder. No fue casual que Donald Trump se tomó el tiempo de escribir un párrafo descalificando la presentación, odiándola por completo.

La bandera
Fue muy fácil para nosotros los nicaragüenses conmovernos con ese show. Ver nuestra bandera ondeando entre el mar de banderas latinoamericanas en primer plano y en un espacio televisivo tan global, fue un recuerdo de aquellas marchas y protestas contra la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Además de sentirnos representados, fue un recuerdo de lo que no se puede hacer en el país.
Hasta el día de hoy, portar la bandera de nuestro propio país está PROHIBIDO en circunstancias que no sean las propiciadas por la dictadura. Desde 2018 hasta hoy, la represión del régimen ha asesinado a personas por portar la bandera. Además, han sido arrestadas y han pasado en cárceles por simplemente hacer un acto de resistencia. Esto incluye portar los colores de la bandera, hacer pintas en las calles o simplemente tenerla colocada en tu casa.
Ver al nicaragüense William Surian, quien fue el encargado de portar la bandera al lado del cantante, con su expresión de la alegría y orgullo ondeando nuestro símbolo patrio, bailando y saltando junto a Bad Bunny en un evento tan reivindicativo para los latinoamericanos en todo el mundo fue un aire fresco. Conectar el baile y la alegría a la resistencia es algo que desde el inicio de las protestas en 2018 los nicaragüenses hemos rescatado. Así es cómo hemos afrontado el dolor y el miedo. Así nos hemos permitido seguir luchando.
El clímax llegó casi en la parte final del show, con la canción “Debí tirar más fotos”. La conmoción llegó con el coro gritando “ojalá los míos nunca se muden”. Fue lo que terminó de calar en muchos de nosotros, quienes desde 2018 fuimos forzados a salir del país para salvar nuestra vida o para buscar oportunidades de un porvenir mejor. De una vida digna. Dejamos atrás nuestra tierra, nuestras raíces, nuestras familias, a quienes soñamos con volver a ver.
Migración y orgullo
El show de medio tiempo de Bad Bunny nos dejó otro guiño, que a los nicaragüenses nos invadió de orgullo. Giancarlo Guerrero, un nicaragüense nacionalizado costarricense, fue el director de orquesta que figuró en la presentación. Nicas y ticos tomaron esto como ejemplo de por qué la xenofobia no debería de tener lugar en ningún país. También fue un ejemplo de cómo las personas migrantes aportamos al país al que llegamos.
¿Por qué es importante señalar que Giancarlo es nica? Porque estamos inundados de discursos de odio que se gestan en el poder. Ya no son narrativas marginales, ubicadas en lo profundo de grupos extremistas. Forman parte de la agenda diaria de políticos y funcionarios. Es el odio institucionalizado. Por ejemplo, durante el reciente proceso electoral de Costa Rica, muchos políticos han utilizado la migración nicaragüense en el país para alimentar el discurso de odio y, al igual que Trump en Estados Unidos, instrumentalizarlo como campaña política.
Espero que un día también se pueda reconocer el aporte no solo de las personas migrantes que destacan en ciertos rubros o ámbitos sociales, sino también de aquellos que con el trabajo de la tierra, los cuidados y trabajos históricamente poco remunerados construyen y aportan a la riqueza del país al que llegamos.
* Madeline Caracas es una activista y artista nicaragüense exiliada en México.









