Carlos Alvarado: “La democracia en Centroamérica es un obstáculo para los autoritarios”

por | Abr 14, 2026 | Destacados

En una visita en México, el expresidente costarricense Carlos Alvarado Quesada (2018-2022) conversó con NuestroAcento de una corazonada que le da esperanza: Guatemala, el país que preside Bernardo Arévalo es uno de los pocos bastiones donde se busca rescatar una democracia apaleada por una ola de autoritarismos que buscan concentrar el poder a toda costa. Su anhelo es que ese modelo, y no el que pretende pulverizar a cualquier opositor, sea la inspiración para recuperar Centroamérica. 



Dejó el cargo con una desaprobación que superaba el 60 por ciento y una aprobación raquítica en una región que no destaca por aupar a sus gobernantes salientes. Se disputaba la impopularidad con otros presidentes como el comediante guatemalteco Jimmy Morales o el narcotraficante hondureño convicto y ahora indultado Juan Orlando Hernández, pero a diferencia de ambos no se destacó por pulverizar la democracia en su país. 

A la distancia, con un gobierno de por medio y en un viaje a México, Carlos Alvarado admite parte de su responsabilidad en la deriva a la que se dirige en picada Costa Rica. Se escuda en parte en la pandemia, pero reconoce que dos grandes temas lo condicionaron políticamente: la reforma fiscal que promovió y el impulso y aprobación del matrimonio igualitario. Medidas necesarias, según él mismo resalta, pero impopulares, principalmente en una época en la que las voces ultraconservadoras ganan impulso. A lo que se suma la represión que hubo durante su mandato, el incremento de la violencia del crimen organizado y la creciente xenofobia.

Ahora ha optado por la sombra. En este momento los reflectores caen sobre su esposa, Claudia Dobles, parlamentaria y excandidata presidencial, y mientras tanto busca respuestas a interrogantes que exceden sus fronteras. Un primer acercamiento serio lo hizo al viajar, en febrero, con exjefes de Estado a Guatemala, para constatar la disputa democrática en las elecciones de segundo grado. Y otra, en México, donde acudió a foros para charlar sobre esa espiral que representan modelos antidemocráticos como los que presiden Nayib Bukele en El Salvador o Rodrigo Chaves y Laura Fernández, su sucesor en San José y futura mandataria costarricense, respectivamente. 

Una de esas paradas técnicas incluyó visitar Casa Centroamérica, donde conversó con Nuestro Acento sobre la región, sus demonios, la voluntad y la esperanza.

El expresidente costarricense Carlos Alvarado de visita en Casa Centroamérica. Fotografía: Viridiana Ramírez.

– Pregunta: ¿Cómo analiza en este momento la democracia en Centroamérica?

Respuesta: Creo que la democracia en Centroamérica está en un momento de erosión, de tensión. Si yo tuviera que decir, explicitar qué me preocupa más, es por un lado la pérdida de valor de la democracia. Hemos pasado de ver la democracia como algún bien, un activo para la vida social, a más bien ha pasado a ser para muchos hasta un obstáculo. 

Se hace una narrativa en que es un obstáculo para luchar contra el crimen. Y creo que eso nos ha llevado a una deriva más hacia el autoritarismo. Y mi punto de vista es que uno no puede ser libre en el autoritarismo, de ninguna forma. Y eso, desde mi óptica, va en contra de un proyecto de vida que quiere tener prosperidad, bienestar económico, familiar, etcétera. 

La democracia no es como el paraíso que uno llega después y se queda ahí eternamente. La democracia es un proceso y es una constante construcción y un constante diálogo social y por lo tanto una constante lucha, ojalá una constante lucha pacífica siempre. No es sólo la democracia de los políticos o de los poderosos; la verdadera democracia es la democracia de las personas

– Pero, ¿cómo se aterriza eso? Porque parecería también ser una disputa de narrativas donde, por ejemplo, en El Salvador, ahora se dice que lo que se vivía antes con el reinado de las pandillas no era democracia. O en Costa Rica un presidente autoritario revalida su proyecto político a pesar de sus intentos constantes de menoscabar a las instituciones.

– Volvamos a ese punto, la democracia es un proyecto en construcción de la sociedad. Hay veces que le ponemos solo la culpa a la democracia, porque es lo que asociamos con el sistema político. Generalmente no hablamos, por ejemplo, del sistema económico cuando hablamos de esto, de la desigualdad.

Creo que tenemos que reflexionar si lo que queremos son sistemas dominados por una única persona. O sea, en una región de 50 millones de habitantes dominada eventualmente por cinco personas o por una persona…creo que eso es lo que tenemos que reflexionar, si eso es lo que en verdad nos hace plenos y prósperos.

– ¿Y cuál es el estado de la democracia en Centroamérica? ¿En qué le ha fallado a la población?

– Muchas veces ante la pregunta compleja de cómo atender los temas de inseguridad la demanda es una respuesta sencilla, contundente, dura, y eso puede ser muy popular desde una óptica política, algo fácil de transmitir. Ahí la pregunta es si eso es lo que en verdad soluciona. Cada vez más la realidad nos demuestra que los problemas de las sociedades no son sencillos, son complejos, son de muchas causas y hay un desfase entre lo que son soluciones políticas reales y lo que es el discurso político.

Creo también que hemos fallado las oportunidades para las personas más desfavorecidas o más vulnerables, a una igualdad entre hombres y mujeres, en fin, hay una agenda pendiente muy, muy, muy grande. La pregunta es ¿cuál es la mejor forma para resolver eso? Mi respuesta es que no está en concentrar el poder en una o muy pocas personas.

La historia demuestra que eso no termina llevando el bienestar, al contrario, eso termina enconchándose más en quien tiene el poder y llevando mucho sufrimiento.

La misma historia de Centroamérica demuestra que esa concentración de poder termina en dolor, termina en exilio, termina a veces en muerte, en injusticia, en búsqueda de la memoria, en búsqueda de procesos para desentrañar qué fue lo que pasó. Entonces, también nuestra propia historia nos puede guiar hacia cuál es nuestra aspiración nacional y regional.

– ¿Cómo se podría gestar una perspectiva más regional de la defensa democrática en la región? Tomando en cuenta lo popular que es el autoritarismo que representa Bukele, por ejemplo.

– Creo que Centroamérica ha gravitado en la historia desde el péndulo de la cercanía en tiempos de la colonia, incluso de la Federación, a moverse al aislamiento de cada uno de los países.

Muchas veces nos resistimos a vernos como centroamericanos y es frente a tipos de fenómenos que nos afectan a todos que empezamos a recordar esa identidad.

Hoy, políticamente, estamos en uno de los momentos más fragmentados o más lejanos a la integración políticamente. Irónicamente, lo que nos integra son nuestros problemas. Lo que nos integra es el crimen organizado, pero no lo estamos combatiendo como equipo. Lo que nos integra muchas veces es la migración, pero es un reflejo de las dificultades internas que estamos teniendo. 

¿Qué nos está acercando? La deriva autoritaria. Pero irónicamente eso también genera una conciencia, la conciencia regional. Somos un puente que es unión, pero a la vez somos un obstáculo porque es una región sumamente difícil geográficamente, que fue lo que hizo que fuéramos varias naciones en vez de una sola; esa dificultad geográfica. Entonces vivimos entre esa paradoja de la unión y la separación. Y creo que lo que logra trascenderla es la voluntad y la conciencia.

Es decir, yo tengo la voluntad de entenderme como costarricense pero también como centroamericano, porque entiendo que desde ahí podemos resolver más cosas. Podemos tener más impacto. Podemos ser más prósperos, podemos estar más seguros, podemos tener más paz. Pero eso requiere un esfuerzo de voluntad. Y yo creo que Centroamérica tiene esa voluntad, o puede tenerla.

Ahora bien, usted como expresidente ha integrado diversos foros, diversas iniciativas que buscan un apoyo más global, más regional a diferentes causas. Es parte del Club de Madrid o el Foro IDEA, donde comparte con otros exmandatarios de cierta orientación política, más conservadores, y en cuyos mandatos no necesariamente se ha resguardado la democracia. Pienso en José María Aznar, en Felipe Calderón, en Álvaro Uribe Vélez. ¿Es compatible hablar desde esos espacios de defensa del estado de derecho, de la democracia y la igualdad?

– Creo que eso es una excelente pregunta porque a veces tenemos el impulso, no quisiera decir tentación, pero ya sea de co-ligarnos inicialmente y naturalmente con quienes piensan como nosotros, pero la pregunta es si eso es suficiente para vivir en democracia. Porque si eso fuera suficiente para vivir en democracia significa que solo los que piensan como yo o como nosotros en democracia deben imponerse para llevar mi proyecto adelante. Desde esa premisa yo me cuestionaría entonces ¿es esa es esa una democracia plural? Porque en el reconocimiento de mi singularidad está el reconocimiento de la singularidad de los otros.

En ese principio democrático está también, entonces no implícita sino explícita, la necesidad de dialogar, sobre todo con quien no piensa como yo. Y eso nos lo hemos olvidado mucho. Pensamos que en este clima de polarización, de crear identidades y distancias, no encontramos puntos común de diálogo, no encontramos puntos para decir ¿cómo podemos construir algo que esté acorde con mis valores pero que no anule los tuyos porque somos diferentes?. Eso es consustancial de la naturaleza humana, la diversidad, como lo es en la naturaleza sin más. La biodiversidad es una manifestación de pluralidad genética.

– ¿Y cómo ha sido posible llegar a acuerdos?

Yo creo que también esa es una de las grandes preguntas de las sociedades, sobre todo cuando entran los procesos de democratización.

Todas las sociedades que han entrado a procesos de democratización tienen que enfrentarse con lo que ha sido los traumas del disenso y eso es uno de los momentos más difíciles porque no hay consenso, incluso en los procesos de paz. Estoy pensando en Colombia, estoy pensando en Guatemala o Sudáfrica. Cada vez que se busca la reconciliación hay, de lo que yo he elegido, aunque no soy experto, un punto de ruptura entre quienes procuran justicia y quienes procuran reconciliación. Y ahí parece que es difícil encontrar un balance satisfactorio para todos en ese en ese punto y es también donde una sociedad tiene que que dirimir ese ese punto. Ahí me trascendería decir cuál es la respuesta en eso.

Por lo menos mi actitud y la lucha en la que he encontrado una mejor respuesta es cómo conseguir un balance entre los principios y la alineación entre lo que pienso, creo y siento con la acción política y cómo ser fiel a sus principios sin traicionarlos y lograr resultados para las personas.

– Usted coincidió como presidente con dos mandatarios de Guatemala: Jimmy Morales y Alejandro Giammattei. El resultado de estos gobiernos derivó en la captura del estado contra la que se lucha en estas elecciones de segundo grado. ¿Qué es lo que se encontró durante su visita a ese país respecto a los esfuerzos democráticos de este gobierno en contralínea de los dos anteriores y cómo ve las redes que buscan mantener la cooptación del Estado?

– Pues mi mayor conocimiento del proceso guatemalteco ha sido recientemente por los procesos de las elecciones de segundo nivel en los que me he involucrado más de cerca porque he entendido que probablemente esas elecciones, inclusive más que una elección nacional, vayan a definir el futuro de las instituciones democráticas guatemaltecas; que haya un poder judicial independiente que procure esos balances, que dé juicios justos, que pueda controlar al ejecutivo o legislativo, etcétera.

Ahí es donde veo la importancia de ese proceso y la importancia de lo que está llevando adelante la administración del presidente Arévalo. En el tiempo que me correspondió ser presidente teníamos un diálogo cercano (con Morales y Giammattei), había reuniones de presidentes y tengo mis opiniones de esos procesos, las cuales prefiero guardarme porque creo que lo esencial es lo que está haciéndose ahora. 

También me ha permitido, como centroamericano, conocer más de la historia de Guatemala, la cual tengo que admitir que he ido aprendiendo poco a poco. Soy estudiante de esa materia y veo tantos factores que inciden en lo que pasa hoy en Guatemala, desde la colonia, inclusive, el tema de los pueblos indígenas, el tema de la desigualdad, el tema de la presencia de empresas transnacionales desde el origen; el tema, en fin, de la intervención extranjera. Muchas, muchas causas que nos llevan a donde estamos hoy.

Yo creo que hoy en Guatemala hay una lucha por hacerse lo correcto, que es tener instituciones judiciales independientes, electas democráticamente y ojalá sí, que si bien no perfectas que lleven a que se acerquen al ideal, lo más posible, al ideal democrático y de justicia para el pueblo de Guatemala. 

– ¿Qué tanto eco pueden tener estas estas elecciones de segundo grado en la región?

– Yo esperaría que bastante. Ese es un mensaje de que aún, en este momento que globalmente la democracia está en retroceso, hay un lugar en América que está luchando por la democracia. A finales del año pasado hubo un congreso en la Universidad de Harvard al que fui invitado por lo que se llama el Doctor Class del David Rockefeller Latin America Program, y ahí hablaban del retroceso en América Latina y todo y la gente decía: «No hay esperanza en América Latina». Y yo dije: «Sí hay”.

Yo veo que hay un esfuerzo deliberado por fortalecer la democracia en América Latina, que es en Guatemala. Imperfecto, sí, con errores, sí, pero ahí está. Ahí yo veo una lucha por la democracia, no solamente para contenerla, sino para avanzarla. Ese es el tema de la voluntad. Sí es posible en un contexto donde todo parece ir en la dirección opuesta. Bueno, ahí se está peleando por la democracia.

Entonces, creo que es un buen ejemplo que se suma a esos otros donde Centroamérica sorprende. Yo creo, como lo hizo en el año 2023 con el proceso electoral, que contra todos los pronósticos, se resguardó la voluntad de la urna. Bueno, eso demuestra que sí se puede.

– Y para terminar, pasando a Costa Rica, me pregunto cómo fue para usted dejar el gobierno con una impopularidad bastante alta a diferencia del presidente Chaves, que deja con una alta popularidad y a pesar del irrespeto a la Constitución en diferentes aspectos, a diferentes denuncias. Pareciera que, incluso así se ha escrito, hay una centroamericanización de Costa Rica. ¿Cómo es posible haber llegado a este punto y qué parte de su propia responsabilidad está en la deriva que ha tenido este país? 

– Creo que, como hablábamos en el caso de Guatemala o como es de cualquier país, hay una suma de factores. Cuando yo llegué a la presidencia en el 2018, estábamos a punto de repetir lo que le pasó a Costa Rica en 1980, que es que el país estaba al borde de entrar en un default financiero.

Entonces, a mí me tocó hacer algo que fue muy difícil que por los últimos 20 años el país evitó de hacer, que era reformar la parte fiscal. Todos los gobiernos desde el 2000 trataron de hacerlo y no lo lograron hasta el 2018 que se hizo. Pero ya muy en el límite, porque la crisis estaba sobre nosotros. Obviamente eso, sumado a una pandemia y sumado al proceso de legalización del matrimonio igualitario, entre otros, pues genera muchos anticuerpos en partes de la sociedad.

También en Costa Rica dejamos que la desigualdad nos creciera mucho y digo dejamos porque es un tema de nuestra propia sociedad. Se generó una brecha cada vez mayor entre el centro, un poco con mayores oportunidades, y las costas un poco más; y eso ha empezado a generar una fragmentación del tejido social. Ahí hay una responsabilidad de la clase política, económica, empresarial, sindical de los últimos 20 años, de la cual yo soy parte, presumo.

Y bueno, ahora combinándose con una ola global de populismo, porque esto no solo está pasando en nuestro país, sino en la región y en el mundo. Nos empezamos a dirigir en esa ruta, yo no llamaría de centroamérica…centro…centroamericani…no lo puedo ni decir (centroamericanización). Yo no lo llamaría así porque creo que esa tendencia trasciende a Centroamérica misma.

Yo también como presidente y, como me gusta creer, presidente democrático, me sometí al voto popular, hice lo que dije que iba a hacer en campaña, no hice nada distinto de lo que dije en campaña y luego le entregué el poder al pueblo de vuelta.

Yo pude dejar de hacer cosas procurando la popularidad, pero hubiera faltado a lo que yo pensaba era mi juramento con el país, que era: evitar una crisis, proteger las vidas en la pandemia, ampliar los derechos. Creo que esa es la responsabilidad del líder y asumir las consecuencias. Y bueno, como bien han dicho muchos: que sea la historia la que juzgue eso, en esos extremos.

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