A mi parecer, uno de los trabajos más complejos para quienes escriben sobre cualquier disciplina artística consiste en definir de qué manera una obra de arte ha cumplido su cometido. Muchas veces, la intencionalidad del autor no coincide con las lecturas del público, pero es en las interpretaciones diversas, donde radica la relevancia de una obra. En todo eso pensaba mientras escuchaba y coreaba las canciones de Atilio, un músico salvadoreño que presentó su primer álbum, Tránsito, en el Centro Cultural de España en México (CCMex) el jueves 14 de mayo.
Escrito por Fátima Villalta

Tránsito es un viaje y una invitación para adentrarse en la complejidad de un país: El Salvador. El vehículo es la historia familiar de Atilio, cuyo padre fue encarcelado por la dictadura de Nayib Bukele en 2024, bajo el infame régimen de excepción que ha convertido a El Salvador en el país con la mayor población carcelaria del mundo. Pero la historia es mucho más antigua, el padre de Atilio fue parte del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) una de las guerrillas más importantes de América Latina en el contexto de la Guerra Fría, además de ser firmante de los Acuerdos de Paz en 1992, hecho histórico que marcó el inicio del sueño de la democracia en un país azotado por la crueldad y la violencia.
Considero un eufemismo decir que lo de Atilio fue un concierto, más bien se trató de una puesta en escena donde confluyeron la música, el performance, el archivo y una enorme consciencia del poder político que hay detrás de cualquier expresión artística. Como escritora de ficción, pienso que la trascendencia de una obra radica en la capacidad que tiene el texto para defenderse por sí mismo, en otras palabras: una persona ajena al contexto de la obra disfruta una historia sin necesidad de comprender todas las capas que la conforman. El arte es una invitación para adentrarse a esas dimensiones, no todos tomarán el compromiso, pero quienes sí lo hagan, iniciarán un viaje del que volverán transformados.
El disco inicia con la canción Volverte a ver, donde Atilio habla con su padre y narra su propio exilio en México. Los dinosaurios vuelven a patrullar, dice, en clara alusión a Charly García, para quien los dinosaurios sirven como metáfora de la dictadura militar responsable de la desaparición de cientos de argentinos. Ahí radica otra capa de complejidad de la propuesta de Atilio, su música abre un diálogo transfronterizo, nos muestra su dolor; un dolor único, que, aunque intransferible, sentimos como nuestro porque conocemos esa herida. La música funciona como puente y es ahí donde comienza la magia.
Los dinosaurios regresan a El Salvador y piden como tributo la libertad de miles de ciudadanos. Una medicina amarga y hermosa, dice Atilio en su canción Ídolo, haciendo alusión a la megalomanía del dictador y parafraseando la famosa frase que utilizó Bukele en uno de sus discursos sobre la economía: “hay que tomar una medicina amarga”. Como un cuento de Augusto Monterroso, los dinosaurios jamás se han ido de Nicaragua; dormían esperando el momento para utilizar el nombre de una revolución que ya no existe y encarcelar, desterrar y exiliar a quienes se opongan a su proyecto de control total. Ídolo, no pienses, síguelo, dice la canción y es la frase que corean los fieles seguidores del comandante y su esposa. En Guatemala, esos mismos fósiles reviven una y otra vez, primero para asesinar sin piedad, como sucedió durante la guerra contra las comunidades indígenas, y ahora para encarcelar a quienes trabajaron para denunciar a los corruptos.
País gris, lejano, vacío, que no está en ninguna parte. Hemos perdido la cabeza, hemos perdido el corazón, menciona Atilio parafraseando a Octavio Paz en El laberinto de la soledad, pero también haciendo un guiño a Roque Dalton con su famoso verso: País mío, no existes. El uso del archivo dota a la propuesta de Atilio de una enorme complejidad política, no solo lo hizo con su álbum, sino, en su puesta en escena el jueves 14 de mayo donde la sala se vio cargada de elementos simbólicos: la foto de Monseñor Romero, la guitarra de su tío Benjamín asesinado por los militares, la fotografía de su padre, la maleta del exiliado que ha reducido su vida a un par de objetos, el uniforme blanco que utilizan los presos de Bukele, los titulares que anuncian la reelección del dictador. Honrar la memoria es nuestra fortaleza.
Quiero florecer, quiero florecer, canta Atilio en la canción Aquí, la que debo confesar que es mi favorita del disco. Florecer, es una palabra que quienes estamos en el exilio hemos dicho innumerables veces; soñamos con regresar a casa, por eso la decimos como un mantra, con la esperanza de que un día todo acabará. La presentación del disco de Tránsito en el CCMex es un ejemplo de ese sueño. Desde géneros tan distintos como el indie, el bolero o la cumbia, Atilio agrupa la complejidad del destierro: reconstruirse en un nuevo lugar, recordar el hogar que dejamos atrás, los vínculos, el amor y rendir homenaje a nuestra terca convicción de soñar un mundo distinto.













