Por Micaela Valiente
Hace unas semanas, tuve la oportunidad de encontrarme en un espacio de reflexión con personas que, por razones políticas, han tenido que dejar su país natal y radicarse en otros países alrededor del mundo. Las historias compartidas durante los días que duro el encuentro me llenaron el corazón de sentimientos y emociones diversas, pero sobre todo inundaron mi cabeza de ideas que, desde entonces, revolotean en mis pensamientos.
Unos se definieron como exiliados, otros como migrantes, como diáspora o desplazados políticos. Lo cierto es que en cualquiera de estas definiciones existe un denominador común: somos, me incluyo también, víctimas de una expulsión injusta, violenta, deshumanizada y dolorosa. No solo por el efecto que causa el abandono de nuestros países y las razones que nos empujaron a salir, sino, sobre todo, por lo que dejas en ellos: hijos e hijas, madres, padres, hermanos, amigos, colegas, compañeros, historias de tu vida, incluso los malos recuerdos, que también hacen parte de tu esencia.
Comprender la diferencia entre estas definiciones resulta irrelevante, sobre todo cuando en la mirada y las voces de quienes compartieron su historia se percibe y se siente la tristeza, el dolor, la rabia, la desesperanza y con más ahínco, el compromiso de continuar la lucha por transformar esas realidades de injusticia, persecución, exclusión y dominación que les obligaron a salir.
Ser migrante nos coloca en una posición que podría esconder las verdaderas razones de nuestra salida hacia otro país, y ser considerado diáspora también. Al final, todos y todas somos exiliados o desplazados políticos, porque la decisión que nos llevó a salir de nuestro país, de fondo, tiene razones políticas: la falta de políticas públicas que generen oportunidades para una vida digna, la falta de programas que incentiven el empleo, el acceso a vivienda, educación y servicios de salud de calidad. Países que respeten el Estado de derecho, las reglas de la democracia, que promuevan la inclusión, la igualdad y protección de derechos, así como el desarrollo integral de las. personas. Justamente la ausencia de esto y otros factores hace que cientos de miles. de personas decidan dejar a sus familias, a sus países y buscar otras oportunidades.
Esto los convierte en exiliados o desplazados políticos, pues la ausencia deliberada del Estado también es violencia que amenaza la vida y la libertad. Sin duda vivimos en una época compleja, en una época que nos exige estados de alerta agotadores y con la necesidad de encontrarnos y reencontrarnos con otros para compartir ideales, sueños, esperanzas y oportunidades para avanzar, para transformar y reconstruir.
La tarea de transformar nunca ha sido fácil; sin embargo, el peso de la decisión consciente y decida de continuar la marcha, a pesar de las cargas y los obstáculos, hace que cada paso signifique una conquista, un logro, un avance, una victoria. Se trata de continuar, siendo migrante, diáspora, exiliado o desplazado. Lo que importa es sumar, multiplicar y transcender, desde el rol que juegues, desde la posición que. ocupes, desde el país que te acoge, desde la identidad que asumes.
Sumar, multiplicar y transcender es el mandato. Porque el exilio no es el final de la historia, es el comienzo de otra lucha. ¡Y esa lucha continua!










