El viernes, por fin, presentamos “La verdad del exilio. Ética, criminalización y lucha por la justicia en Guatemala (2014–2025)”. Llegar hasta aquí, como Casa Centroamérica y como comunidad, implicó muchísimo trabajo de muchísima gente durante mucho tiempo. De quienes compartieron sus historias y confiaron experiencias profundamente personales y dolorosas, del equipo de investigación que escuchó, contrastó, analizó y escribió y de quienes acompañamos un proceso que muchas veces nos obligó también a volver sobre nuestra propia historia reciente y nuestras heridas.
Hacer memoria es difícil. Lo es porque recordar duele, porque las experiencias nunca son idénticas y porque ningún informe puede contener todas las voces, todos los matices ni todas las maneras en que una época atravesó la vida de las personas. Siempre habrá experiencias que quedaron fuera, énfasis que podrían haber sido distintos, decisiones que pueden ser cuestionadas y preguntas que tendremos que seguir haciéndonos.
Este proceso también ha tenido críticas, tensiones y contradicciones. Algunas son difíciles de escuchar, pero eso no las vuelve irrelevantes. Creo que parte de cualquier esfuerzo que aspire a transformar algo es mantener la capacidad de revisar permanentemente nuestras propias prácticas: preguntarnos qué relaciones de poder reproducimos, a quiénes pudimos haber dejado fuera o lastimado, cuándo nuestras acciones se alejaron de nuestros principios y qué necesitamos hacer distinto.
La autocrítica es necesaria, pero no puede convertirse en inmovilidad. No existen procesos colectivos puros, libres de errores, contradicciones o disputas. La tarea es reconocerlas, asumir responsabilidades cuando corresponda, corregir, aprender y seguir caminando, sin perder de vista las estructuras de poder que queremos transformar ni el bien mayor por el que decidimos organizarnos.

Elegimos estudiar los exilios no porque quienes salieron hayan sufrido más que quienes permanecieron en Guatemala, sino porque constituyen una experiencia específica de la criminalización que necesita ser documentada, comprendida y reconocida. El informe no pretende contar toda la historia de la criminalización ni representar a todas sus víctimas. Cuenta una parte de esa historia: la de quienes, como consecuencia de la persecución o del riesgo, terminaron fuera del país entre el 2014 y el 2025.
Reconocer los exilios no debería dividir entre quienes se fueron y quienes se quedaron. La pregunta común es qué ocurrió con Guatemala para que unas personas terminaran encarceladas, otras sometidas durante años a procesos arbitrarios, otras resistiendo bajo amenaza y otras obligadas a reconstruir su vida fuera del país. Son trayectorias distintas de una crisis política e institucional compartida.
A pesar de sus límites, el resultado es suficientemente amplio y robusto para permitirnos conocer a profundidad este fenómeno.
Y hay algo que este proceso me ayudó a comprender todavía mejor. El exilio no puede medirse únicamente por la existencia de una orden de captura o un expediente penal. Las amenazas, la vigilancia, el hostigamiento, la criminalización de colegas y personas cercanas, el miedo por la propia seguridad o la de la familia y la percepción fundada de que permanecer puede tener consecuencias son también realidades que empujan a alguien a salir. Nadie debería tener que esperar a que una amenaza se materialice para considerar legítima la decisión de ponerse a salvo.
Las experiencias son distintas y las afectaciones también. Reconocer esa diversidad no equipara todas las experiencias ni disminuye la gravedad de quienes han enfrentado prisión, órdenes de captura o procesos penales. Al contrario, nos permite comprender mejor la dimensión, los distintos grados y los múltiples mecanismos de un mismo fenómeno.
Y ahora queda muchísimo trabajo por delante. Un informe por sí solo no transforma las condiciones que documenta. Hay que seguir trabajando por la descriminalización, por el reconocimiento de lo ocurrido, por las garantías de no repetición y por construir condiciones para que quienes quieran regresar puedan hacerlo. También hay que seguir disputando las estructuras que hicieron posible la persecución y que todavía siguen ahí.
Nada de esto habría sido posible sin la organización social en sus múltiples expresiones y variantes. Con sus diferencias, tensiones, aciertos, errores y contradicciones. Desde organizaciones formales hasta colectivos, redes de solidaridad, comunidades, movimientos y personas que se encuentran y deciden hacer algo juntas. No tenemos que pensar igual, querernos, estar de acuerdo en todo ni siquiera caminar siempre por los mismos caminos.
Pero sí podemos reconocer algo que nos trasciende… la defensa de la dignidad humana y la búsqueda del bien común.
En tiempos en que resulta tan fácil convertir nuestras diferencias en enemistades irreconciliables, competir por el dolor o gastar nuestras fuerzas destruyéndonos entre nosotros, quiero seguir apostando por una organización social capaz de criticarse y transformarse sin perder la empatía, capaz de poner límites sin deshumanizar y capaz de reconocer suss contradicciones sin olvidar frente a qué estructuras de poder estamos luchando.
Porque hacer memoria no es solamente mirar hacia atrás. Es preguntarnos qué hacemos ahora con lo que sabemos.
Y queda mucho por hacer. En Guatemala y en toda Centroamérica.
Hasta que la última persona injustamente encarcelada por defender derechos, la justicia, el territorio y la democracia sea liberada. Hasta que la última persona perseguida deje de serlo. Hasta que la última persona que tuvo que irse pueda volver, si así lo quiere, con libertad, dignidad y seguridad. En Guatemala y en Centroamérica.
Informe: https://exiliosguatemala.org











